lunes, 7 de marzo de 2011

El Hombre de un Solo Tema










NO. 1264


Sermón predicado el Domingo 31 de Octubre de 1875,


por Charles Haddon Spurgeon,


En el Tabernáculo Metropolitano, Newington.


“Porque me propuse no saber nada entre vosotros, sino a

Jesucristo, y a él crucificado.”

1 Corintios 2:2.




Pablo era un hombre de mucha determinación y todo lo que emprendía

lo llevaba a cabo con todo su corazón. Si le oías decir “yo me he propuesto”,

podías estar seguro de un vigoroso curso de acción. “Pero una cosa

hago” era siempre su lema. La unidad de su alma y una poderosa determinación

eran los principales rasgos de su carácter. Había sido antes un

gran opositor de Cristo y de su cruz y había mostrado su oposición mediante

feroces persecuciones; no era de sorprender por lo tanto que cuando

se convirtió en un discípulo de este mismo Jesús, al que había perseguido,

lo hiciera de manera ardiente y pusiera todas sus facultades al servicio

de la predicación de Cristo crucificado. Su conversión fue tan notable,

tan completa y total, que es natural verlo tan lleno de energía por la

verdad como antes había sido su violento enemigo.

Un hombre tan íntegro como era el apóstol Pablo, tan completamente

capaz de concentrar todas sus fuerzas, tan enteramente entregado a la fe

de Jesús, tenía que incorporarse a Su causa con todo su corazón y su alma

y su fuerza y dispuesto a no saber de nada más sino de su Señor crucificado.

Sin embargo, no piensen que el apóstol era un hombre al que fácilmente

absorbía un solo pensamiento. Por sobre la mayoría de los hombres,

Pablo era un hombre que razonaba, calmado, juicioso, franco y prudente.

Veía las implicaciones y las relaciones de las cosas y no daba importancia

a los asuntos triviales. Tal vez, aún más allá de lo que fuera

perfectamente justificable, llegó a ser todo para todos, para de todos modos

salvar a algunos, y por lo tanto , cualquier resolución que tomaba, la

tomaba sólo después de consultar con la sabiduría. Pablo no era un fanático

del tipo que puede ser comparado a un toro que cierra sus ojos y embiste

de frente, sin ver nada de lo que está a su derecha o a su izquierda;

él veía con calma, con quietud, todo lo que estaba a su alrededor y aunque

al final se lanzaba en línea recta hacia su objetivo, lo hacía con sus

ojos bien abiertos, sabiendo perfectamente lo que hacía, creyendo que

hacía lo mejor y lo más sabio en favor de la causa que quería promover. Si

por ejemplo, en Corinto se hubiera requerido que su ministerio comenzara

con la proclamación de la unidad de la Deidad o con la reflexión filosófica

acerca de las posibilidades de que Dios se encarnara—si éstos hubieran

sido los planes más sabios para dar a conocer el reino del Redentor, Pablo

los hubiera adoptado; pero él los consideró detenidamente, y habiéndolos

examinado con sumo detenimiento concluyó que nada se podía conseguir

con una predicación indirecta, presentando la verdad a medias y por tanto

decidió proseguir de frente promoviendo el evangelio mediante la proclamación

del evangelio. Ya fuera que los hombres escucharan o que se abstuvieran

de escuchar, resolvió ir al grano de una vez y predicar la cruz en




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su desnuda simplicidad. En vez de saber muchas cosas que lo podían

conducir al tema principal, no quiso saber nada en Corinto, sino a Jesucristo,

y a él crucificado. Pablo pudo haber dicho: “Voy a tantear el terreno

y educar a la gente hasta una determinada medida antes de presentar mi

tema más importante; descubrir mi verdadera intención desde el principio

puede resultar como el despliegue de la red a la vista de los pájaros que

los ahuyenta. Seré precavido y reticente y los llevaré con astucia, atrayéndolos

a la búsqueda de la verdad.” Pero no fue así: evaluando completamente

la situación como un hombre prudente debe hacerlo, llega a esta

decisión, que no sabrá nada entre ellos excepto a Jesucristo, y a él crucificado.

Sería muy bueno que la “cultura” de la que escuchamos en estos

días y el tan celebrado “pensamiento moderno” llegara a la misma conclusión.

Este teólogo tan renombrado y erudito, después de leer, tomar notas,

aprender y asimilar internamente todo como pocos hombres podrían

hacerlo, llegó a esto como la esencia de todo: “Me propuse no saber nada

entre vosotros, sino a Jesucristo, y a él crucificado.” Quiera Dios que la

habilidad crítica de nuestros contemporáneos, y sus laboriosas invenciones

los lleven a esa misma conclusión, por la bendición del Espíritu Santo.




I

. Nuestra primera consideración esta mañana será ¿CUÁL ERA ESE




TEMA QUE PABLO CONSIDERÓ CON EXCLUSIÓN DE TODO LO DEMÁS

CUANDO PREDICABA A LA IGLESIA DE CORINTO? Ese tema era uno,

aunque muy bien pudiera ser dividido en dos; era

la persona y la obra de




nuestro Señor Jesucristo: poniendo especial énfasis en aquella parte de

su trabajo que siempre se enfrenta a las mayores objeciones, es decir, su

sacrificio sustitutivo, su muerte redentora. Pablo predicaba a Cristo en

todos sus oficios, pero daba particular importancia a Cristo crucificado.

El apóstol primeramente predicaba sobre

la persona de su grandioso




maestro, Jesucristo. Cuando Pablo hablaba de Jesús de Nazaret, no había

ningún margen de duda. Lo presentaba como un hombre real y no un fantasma,

que fue crucificado, muerto y sepultado, y que resucitó de los

muertos con una existencia corporal real. Tampoco había ninguna duda

acerca de su Divinidad. Pablo predicaba a Jesús como el Hijo del Altísimo,

como la sabiduría y poder de Dios, “en el que habita corporalmente toda

la plenitud de la Deidad.” Al escuchar a Pablo, no existía ninguna duda

que creía tanto en la divinidad como en la humanidad de nuestro Señor

Jesucristo, y le rendía culto y lo adoraba como al Dios verdadero del Dios

verdadero. Predicaba su persona con toda claridad de lenguaje y con amor

cálido. El Cristo de Dios era todo en todo para Pablo.

El apóstol hablaba igualmente con toda claridad del

trabajo del Redentor,




poniendo especial énfasis sobre su muerte. “¡Horrible, decía el judío,

cómo puedes presumir acerca de un hombre que murió como un criminal

y era maldito ya que fue colgado de un madero!” “¡Ah,” decía el griego, “no

queremos saber más de un Dios que murió! Ya deja de hablar acerca de la

resurrección. Nunca vamos a creer en semejante locura.” Sin embargo,

Pablo no hizo de lado estas cosas diciendo “Señores, comenzaré por contarles

la vida de Cristo y la excelencia de su ejemplo y mediante esto espero

convencerlos que había algo de divino en Él, para posteriormente concluir

que hizo una expiación por el pecado.” Todo lo contrario, empezaba

con su bendita persona y claramente lo describía según había sido enseñado

por el Espíritu Santo, y en cuanto a la crucifixión, la ponía en pri

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mer plano, dándole el lugar de prominencia. No decía: “Bien, por lo pronto

no tocaremos el tema de su muerte”, o, “Lo consideraremos desde la

perspectiva de un martirio mediante el cual Él ratificó su testimonio”, sino

que se gloriaba en el Redentor crucificado, el Cristo muerto y sepultado, el

Cristo que cargó con los pecados, el Cristo hecho maldición por nosotros,

como está escrito: “

Maldito todo el que es colgado en un madero.” Este fue




el tema en que se concentró en Corinto: y no tocó ningún otro. Más aún,

no solamente decidió limitar su predicación a ese punto, sino que resolvió

no saber de ningún otro tema; quería excluir de su mente cualquier otro

pensamiento excepto el de Jesucristo y él crucificado.

Esto debió de parecer muy poco político. Consúltenlo en una asamblea

de sabios según el mundo, y seguramente condenarán este enfoque imprudente;

en primer lugar, este tipo de predicación alejaría a todos los judíos.

Estando los judíos apegados a las Escrituras del Antiguo Testamento

y conociendo las enseñanzas acerca del Mesías y creyendo firmemente en

la unidad de la Deidad, ellos habían avanzado un buen trecho hacia la

luz, y si Pablo hubiera evitado los puntos de discordia por un poco de

tiempo más ¿no los habría acercado un poco más, y así, gradualmente los

conduciría a la cruz? Los sabios habrían señalado sobre la esperanza que

había para los israelitas, si se les trataba con discreción, y su consejo

habría sido: “No te pedimos que renuncies a tus sentimientos, Pablo, simplemente

disfrázalos un poco tiempo más. No digas lo que no es verdad,

pero a la vez puedes decir sólo parte de la verdad para no espantar a estos

judíos llenos de esperanza.” El apóstol no cedía ante tales políticas, no iba

a ganar ni a judíos ni a gentiles diciendo verdades a medias, puesto que

sabía que tales convertidos no son verdaderos. Si el hombre que está cerca

del reino va a ser ahuyentado del evangelio si oye la cruda verdad, no

es la responsabilidad de Pablo; él sabe que el evangelio debe de ser a los

unos “olor de muerte para muerte” mientras que a los otros “olor de vida

para vida” y por lo tanto, independientemente del resultado él debía entregar

su propia alma: los resultados no le correspondían a él, sino al Señor.

A nosotros nos corresponde decir la verdad con denuedo, y en cada

caso seremos olor grato a Dios; pero querer contemporizar esperando obtener

conversiones, es hacer un mal para obtener un bien, y esto debe estar

fuera de nuestra consideración en todo momento. Otro diría: “Pero Pablo,

si tu haces esto, vas a generar oposición. ¿No sabes que el Cristo crucificado

es un objeto de escarnio y un reproche para todos los seres pensantes?

En Corinto hay un buen número de filósofos y créeme, harás el

ridículo de manera monumental con sólo que abras tu boca para hablar

del Crucificado y de su resurrección ¿No te acuerdas cómo se burlaron de

ti en la Colina de Marte cuando predicaste sobre ese tema? No los provoques

a desprecio. Debate con su Gnosticismo y muéstrales que tú también

eres un filósofo. Sé todo para todos, sé un intelectual entre los intelectuales

y muestra tu retórica entre los oradores. Mediante estas técnicas

harás muchas amistades y así gradualmente tu conducta conciliatoria los

conducirá a aceptar el evangelio.” El apóstol sacude su cabeza, su pie golpea

el suelo y con voz firme declara: “Ya lo

he decidido, dice, he llegado a




una conclusión, están desperdiciando sus comentarios y su consejo en lo

que a mí concierne;

he decidido no saber nada en medio de los corintios




sin importar cuán cultos sean los que son gentiles allí, o cuánto amen la




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retórica; sólo quiero saber de Jesucristo, y él crucificado.” Esa es la posición

de Pablo.

Es muy importante observar adicionalmente que el apóstol estaba convencido

que su tema iba a atraer de tal manera a sus oyentes que no necesitaba

recurrir a la excelencia de palabras para presentarlo ni adornarlo

con sabiduría humana. Tal vez han escuchado ustedes del famoso pintor

que pintó al rey Jaime I. Lo representó sentado bajo una enramada con

todas las flores de la estación a su alrededor y nadie prestó la menor

atención al semblante del rey, puesto que todas las miradas eran cautivadas

por la belleza de las flores. Pablo resolvió no tener flores a su alrededor,

que el cuadro que él iba a dibujar debía de ser Cristo crucificado y el

hecho sin adornos y la doctrina de la cruz con la exclusión de cualquier

flor que proviniera de poetas o de filósofos. Algunos de nosotros debemos

de ser discretos acerca de nuestra resolución de evitar un lenguaje florido

ya que podemos ser muy poco dotados al respecto; pero el apóstol era un

hombre de poderes naturales sutiles y de amplios logros, un hombre al

que no podrían despreciar los críticos de Corinto. Sin embargo, Pablo se

despojó de todo ornamento para dejar paso a la belleza sin adornos de la

cruz.

Pero de la misma manera que él no agregaría flores, tampoco iba a ennegrecer

la cruz con humo: pues hay una forma de predicar el evangelio

que lo asfixia en el misterio y la duda de tal forma que los hombres no

pueden entenderlo. Un numeroso grupo de personas está siempre calentando

y removiendo un gigantesco caldero filosófico, humeante con un

denso vapor, que oculta a la cruz de Cristo de la manera más horrible. ¡Ay

de aquella sabiduría que oculta a la sabiduría de Dios! Es la forma más

culpable de locura. Algunas personas predican a Cristo de la manera que

es representado a veces en alguna pintura un buque de guerra. El pintor

ha plasmado únicamente el humo de tal forma que te preguntas “¿Y dónde

está el barco?” Pues bien, si revisas con detenimiento puedes eventualmente

discernir un fragmento de la parte superior de uno de los mástiles,

y, tal vez, una porción de su estructura; el barco estaba allí, indudablemente,

pero el humo lo ocultaba. De la misma manera Cristo puede estar

en la predicación de algunos hombres, pero esta predicación se encuentra

rodeada de tanta nube de pensamiento, de tan densa cortina de

profundidad, de tan horrible ropaje de filosofía, que te impiden ver al Señor.

Pablo pintaba bajo un limpio cielo. No quería utilizar ninguna oscuridad

ilustrada, decidió abandonar cualquier técnica de la oratoria cuando

hablaba, no pensar con la profundidad que presumen los filósofos, sino

sólo saber de Jesucristo, y él crucificado, y presentarlo en su propia belleza

natural, sin adornos. Prescindió de todo elemento accesorio que tendiera

a distraer el ojo de la mente del punto más importante: Cristo crucificado.

“Un experimento imprudente”, diría alguien. ¡Ah!, hermanos, es el

experimento de la fe, y la fe es justificada por sus hijos. Si confiamos en el

simple poder de persuasión, confiamos en lo que es nacido de la carne; si

dependemos del poder de la argumentación lógica, entonces nuevamente

confiamos en lo que es nacido de la razón del hombre; si confiamos en las

expresiones poéticas y en los atractivos giros del lenguaje, estamos buscando

medios carnales; pero si descansamos en la omnipotencia desnuda

de un Salvador crucificado, en el poder innato de la maravillosa obra de

amor que fue consumada sobre el Calvario, y creemos que el Espíritu de




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Dios hará de esta obra el instrumento de la conversión de los hombres, el

experimento no puede terminar en el fracaso.

¡Oh, queridos hermanos, qué tarea debe de haber sido ésta para Pablo!

Él no era como algunos de nosotros, que ni estamos familiarizados con la

filosofía, ni somos capaces en la oratoria. Él dominaba ambos campos de

tal manera, que seguramente necesitaba controlarse continuamente. A

veces me parece verlo, acosado en su mente por un pensamiento profundamente

intelectual a la vez que se le viene una bella forma de expresarlo,

y lo veo controlarse poniéndose riendas él mismo y diciendo a su mente:

“Dejaré estos profundos pensamientos a los romanos, compartiré esto con

ellos en el capítulo octavo de la carta que les escribiré; pero en cuanto a

estos corintios no tendrán nada sino a Cristo crucificado puesto que son

muy carnales, crudamente esclavos del talento y se irán con la idea de

que la excelente manera en que presenté la verdad constituyó su fuerza.

Tendrán a Cristo solamente y solamente a Cristo. Ellos son unos niños y

como a tales tengo que hablarles; ellos son unos niños en Cristo, y tienen

necesidad de leche y yo tengo que darles sólo leche. Ellos se consideran

inteligentes y cultos, son arrogantes, altaneros, repletos de divisiones y

controversias; no les diré nada excepto la historia, “la vieja, vieja historia

de Jesús y de su amor”, y les diré esa historia con toda simpleza como a

un niño chiquito. Un amor sin límites hacia sus almas hizo que enfocara

su testimonio hacia el tema central de Jesús crucificado.

Así les he mostrado cuál era su tema.




II

. Ahora, en segundo lugar, AUNQUE PABLO CONCENTRABA SUS




ENERGÍAS EN UN PUNTO DE SU TESTIMONIO, ESTO ERA MÁS QUE

SUFICIENTE PARA SU PROPÓSITO. Si la meta del apóstol hubiese sido

halagar a un auditorio inteligente, el tema de Cristo y él crucificado no lo

habría logrado. Si de igual manera, Pablo hubiera querido mostrarse como

un sabio maestro, naturalmente hubiera buscado un tema nuevo, algo un

poco más deslumbrante que la persona y la obra del Redentor. Y si Pablo

hubiera deseado (como me temo que algunos de mis hermanos lo desean)

reunir a un grupo de mentes altamente independientes, que es una manera

elegante de describir a los libre-pensadores-reunir en un grupo a una

selecta iglesia de hombres de cultura y de intelecto, que generalmente

quiere decir un club de hombres que desprecian el evangelio, ciertamente

no se hubiera ceñido a predicar a Jesucristo y él crucificado. Esta clase de

hombres le negaría toda esperanza de éxito con un tema como ése. Ellos

le asegurarían que una predicación de ese tipo solamente le permitiría

atraer a la clase más pobre y menos educada, a las sirvientas y a las ancianas;

pero Pablo no se habría desconcertado con tales observaciones,

puesto que él amaba las almas de los más pobres y de los más débiles: y,

además, él sabía que lo que había ejercido poder sobre su mente educada

podía con toda certeza ejercer poder también sobre otras personas inteligentes,

y así se apegó a la doctrina de la cruz, con la fe que tenía en el

instrumento que podría lograr de manera efectiva su único designio con

toda clase de hombres. Hermanos, ¿qué era lo que Pablo deseaba hacer?

Pablo deseaba ante todo despertar en los pecadores la conciencia del pecado.

Y lo que logra esto de manera perfecta es la doctrina que el pecado

fue llevado por Cristo y fue la causa de su muerte. El pecador, iluminado

por el Espíritu Santo, ve de inmediato que el pecado no es algo insignificante,

que no puede ser perdonado sin una expiación, que conlleva un




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castigo que debe ser aplicado al pecador. Cuando el culpable ha visto al

Hijo de Dios sangrar hasta su muerte en medio de dolores indecibles a

consecuencia del pecado, ha aprendido entonces que el pecado es una

carga enorme y aplastante. Si el mismo Hijo de Dios clama bajo su peso,

si su agonía de muerte rasga los cielos y sacude la tierra ¡qué terrible mal

debe de ser el pecado! ¿qué efecto tendrá sobre mi alma si en mi propia

persona estoy condenado a llevar sus consecuencias? Así argumenta de

manera correcta el pecador y así es llevado a la conciencia de su culpa.

Pero Pablo también quería despertar en las mentes de los culpables esa

humilde esperanza que constituye el grandioso instrumento que lleva a

los hombre a Jesús. Deseaba llevarlos a la esperanza de que se puede

otorgar el perdón de manera consistente con la justicia. Oh, hermanos,

Cristo crucificado es el único rayo de luz que puede penetrar la densa oscuridad

de la desesperación, llevando al corazón arrepentido a esperar el

perdón del justo Juez. ¿Acaso puede dudar el pecador que ha visto a Jesús

crucificado? Cuando entiende que hay un perdón para cada trasgresión,

albergado en las heridas sangrantes de Jesús, ¿no se enciende de

inmediato en su pecho la mejor clase de esperanza y es conducido a exclamar—“

Me levantaré, iré a mi padre y le diré: “Padre, he pecado”?

Pablo anhelaba aún más, llevar a los hombres a una fe real en Jesucristo.

Pero la fe en Jesucristo sólo puede darse por medio de la predicación

de Jesucristo. La fe viene por el oír, pero ese oír tiene que ser en relación

al tema sobre el que descansa la fe. ¿Quieres tener creyentes en Cristo?

Predica a Cristo. Las cosas de Cristo, aplicadas por el Espíritu, conducen

a los hombres a poner su confianza en Cristo. Y eso no era todo. Pablo

quería que los hombres abandonaran sus pecados, y ¿qué los podía

llevar a odiar el mal de tal manera sino ver los sufrimientos de Jesús a

causa de los pecados? Nosotros conocemos el poder del sangrante Salvador

que nos hace querer vengarnos del pecado. ¿Cuánta indignación,

cuánto examen de conciencia, cuánta firme determinación, cuánto remordimiento

amargo, cuánto arrepentimiento profundo no hemos sentido

cuando hemos comprendido que nuestros pecados se convirtieron en los

clavos, el martillo, la lanza, sí, los verdugos del Bienamado?

Y Pablo anhelaba formar en Corinto una iglesia de hombres consagrados,

llenos de amor, conocedores de la auto-negación, una nación santa,

celosos en la realización de buenas obras; y permítanme preguntarles,

¿qué más se le puede predicar a alguien para promover su santificación y

su consagración, fuera de Jesucristo, quien nos ha redimido y así nos ha

hecho siervos suyos para siempre? ¿Qué argumento es más fuerte que el

hecho que no nos pertenecemos a nosotros mismos, puesto que hemos sido

comprados por un precio? Afirmo que Pablo tenía en Cristo crucificado

el tema que correspondía a su objetivo; un tema que iba a responder al

caso particular de cualquier hombre sin importar su nivel de degradación

o su grado de cultura, y un tema que sería muy útil para los hombres en

las primeras horas después de su nuevo nacimiento, e igualmente útil para

cuando estén listos a participar de la herencia de los santos en la luz.

Pablo tenía el tema para hoy y mañana, y un tema para el siguiente año,

pues Jesucristo es el mismo ayer, hoy y para siempre. Tenía en Jesús

crucificado el tema adecuado tanto para el palacio del príncipe como para

la choza del campesino, el tema para la plaza pública y para la academia,

para el templo pagano y para la sinagoga. Adondequiera que Pablo fuera,




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Cristo sería la sabiduría de Dios y el poder de Dios tanto para el judío

como para el gentil, y esto no sólo como una benéfica influencia, sino para

la salvación definitiva de todo aquel que cree.




III

. Pero debo proseguir al tercer comentario, que EL APÓSTOL NO




PODRÍA CAUSAR DAÑO A NADIE AL LIMITARSE A EXPONER ESTE TEMA.

Ustedes saben, hermanos, que cuando alguien se encasilla en un solo

tema se vuelve muy fuerte en eso, pero se torna muy débil en otras áreas.

De esta forma el hombre de un solo pensamiento es descrito generalmente

según el dicho: cada loco con su tema. Pues bien, este era el tema favorito

de Pablo, pero era el tipo de tema en el que un hombre se puede concentrar

sin lesionarse a sí mismo o a su vecino: seguirá siendo un hombre íntegro

y completo aunque se someta de manera total y única a este tema.

Pero déjenme decirles que Cristo crucificado es el único tema con esta

característica. Permítanme mostrarles que esto es así. Ustedes conocen a

una clase de ministros que predican doctrina-y doctrina únicamente. Su

modo de predicar se parece al conteo de los dedos de una mano: “uno,

dos, tres, cuatro, cinco”, y para variar: “cinco, cuatro, tres, dos, uno”,

siempre un conjunto de verdades determinadas y nada más. ¿Cuál es el

impacto de este ministerio? Pues es, generalmente, formar una generación

de hombres que piensan que lo saben todo, pero que en realidad saben

muy poco: muy decididos y esto es positivo; pero muy estrechos, muy limitados,

muy intolerantes y esto es negativo. No puedes predicar únicamente

doctrina sin que tu mente se contraiga y contraigas la mente de tus

oyentes.

Hay otros que predican experiencia únicamente. Son muy buenas personas;

no los estoy condenando ni tampoco a sus amigos los predicadores

doctrinales, aunque ellos también pueden causar daño. Algunos de ellos

tocan únicamente las notas sombrías de la experiencia, diciéndonos que

nadie puede ser un hijo de Dios a menos que esté consciente del horrible

carácter de su pecado innato, y gima cada día bajo el peso que le oprime.

Hace algunos años escuchábamos bastante acerca de estas notas sombrías,

aunque ahora hay menos abundancia de ellas. ¿Me equivoco al afirmar

que esta enseñanza forma una raza de hombres que muestran su

humildad juzgando a todos aquellos que no pueden gemir de una manera

tan grave como ellos?

Una nueva clase se ha levantado recientemente que predica acerca de

la experiencia, pero su entonación se da en las notas altas de la escala.

Ellos flotan muy arriba, pienso, al estilo de los globos. Sólo reconocen el

lado brillante de la experiencia, sin querer enfrentar el lado oscuro y la

muerte. Para ellos no existe la noche, elevan sus cantos en días de perpetuo

verano. Han conquistado el pecado y se han ignorado a sí mismos.




Bueno, eso afirman ellos

, aunque nosotros no nos hubiéramos dado cuenta




si no nos lo hubiesen dicho; al contrario, nos hubiéramos imaginado

que tenían una muy enriquecida idea acerca de ellos mismos y de sus logros.

Espero equivocarme, pero nos ha parecido a algunos de nosotros en

recientes fechas, que el ego ha crecido de manera descomunal en algunos

de nuestros hermanos; ciertamente sus prácticas y su predicación consisten

en gran medida en declaraciones verdaderamente maravillosas acerca

de su propia condición admirable. Me encantaría saber acerca de su progreso

en la gracia, si acaso éste es real; pero yo quisiera verificar esto personalmente

o comprobarlo por medio de terceros, puesto que hay un ins

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pirado proverbio que dice: “Deja que otros te alaben, mas no tus propios

labios”, y en lo que a mí respecta, si alguien considerara adecuado alabarme,

preferiría que guardara su lengua, porque el engrandecimiento de

los hombres no es un buen negocio. El Señor, únicamente, debe de ser

engrandecido. Me parece que es claro que graves fallas se originan en el

hecho de predicar una vida interior, en lugar de predicar a Cristo, que es

la vida misma.

Otra clase de ministros han predicado casi solo sobre preceptos. Necesitamos

a estos hombres como también necesitamos a los otros, todos son

útiles, y funcionan como antídotos los unos de los otros, pero sus ministerios

no son completos. Si escuchan predicaciones acerca de deberes y

mandamientos, está muy bien, pero si ése es el único tema, la enseñanza

se torna legalista a la larga; y en poco tiempo el verdadero evangelio que

tiene el poder de hacernos cumplir el precepto es desplazado a un segundo

plano, y el precepto no puede ser cumplido después de todo. Tienen

que hacer esto, tienen que hacer aquello, tienen que hacer lo de más allá

y terminan por no hacer nada.

Si un hermano pretendiese predicar sobre ordenanzas únicamente,

como aquellos que siempre están ensalzando lo que se conoce como los

santos sacramentos -bien, ustedes saben hacia dónde va esa enseñanzase

encamina hacia el sureste, y su línea favorita atraviesa la ciudad de

Roma.

Más aún, querido hermano, aún si predicas a Jesucristo únicamente te

debes concentrar en el punto en que se concentró Pablo, esto es, “él crucificado”,

ya que no lo debes ver bajo ningún otro aspecto exclusivamente.

Por ejemplo, la predicación de la segunda venida, que en su lugar y proporción,

es admirable, ha sido tomada fuera de su lugar por algunos, y se

ha convertido en el fin último y en el todo de su ministerio. Eso, ustedes

lo pueden ver, no es lo que Pablo había elegido, y no es una selección segura.

En muchos casos, el más flagrante fanatismo ha sido el resultado de

concentrarse exclusivamente en la profecía, y probablemente más hombres

han enloquecido a causa de ese tema, que a causa de cualquier otra

cuestión religiosa. Yo no sabría si alguien puede volverse fanático acerca

de Cristo crucificado, pero nunca he escuchado nada al respecto. Si un

hombre se puede volver loco de amor hacia el Redentor crucificado, no lo

sé, nunca me he encontrado con un caso así. Pero si yo me volviera loco,

me gustaría que fuera por esa causa, y me gustaría transmitir esa locura

a muchos; puesto que es el tema ideal para perder la razón, ser irrazonablemente

absorbido en Cristo crucificado, perder el sentido con fe en Jesús.

La realidad es que no puede afectar la mente, es una doctrina que

puede ser escuchada eternamente, y siempre tendrá frescura, será nueva

y adecuada para nuestra total humanidad.

Digo que la adhesión a esta doctrina no puede causar ningún daño, y

la razón es esta: contiene todo lo que es vital en sí misma. Si te mantienes

en el límite de Cristo y él crucificado, habrás presentado a los hombres

todo lo esencial para esta vida y para la venidera; les habrás dado la raíz

de la cual puede brotar tanto la rama como la flor, y el fruto del pensamiento

santo y la palabra y la obra. Deja que un hombre conozca a Cristo

crucificado y conocerá a quien es la fuente de vida eterna. Este es un tema

que no despierta una parte del hombre, mientras la otra parte permanece

dormida; no estimula su imaginación y deja sin ninguna enseñanza




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a su juicio, ni alimenta al intelecto y mata de hambre al corazón. No hay

ninguna facultad de nuestro ser que no sea afectada permanentemente

por Cristo crucificado. La humanidad perfecta de Cristo crucificado afecta

la mente, el corazón, la memoria, la imaginación, el pensamiento, todo.

Así como en la leche se encuentran todos los ingredientes necesarios para

la vida, así en Cristo crucificado se encuentra todo lo que necesitamos para

el sustento de nuestra alma. Así como la mano del músico principal de

David tocaba cada una de las diez cuerdas de su arpa, así Jesús extrae

una dulce música de toda nuestra humanidad.

También debemos de agregar en relación a predicar a Cristo exclusivamente,

que esta predicación nunca va despertar rencores. Nunca va a saturar

las mentes de los hombres con preguntas y contiendas, a diferencia

de esos temas sutiles que prefieren tratar algunos hombres. Cuando algunos

temas son decididos por mi opinión y por tu opinión, y por la opinión

de un tercero y aún de un cuarto hombre, seguramente se va generar

una contienda; pero el que se mantiene al pie de la cruz de Cristo, y se

acoge a ella, está precisamente donde puede abrazar a toda la hermandad

de verdaderos cristianos, puesto que todos estamos perfectamente unidos

en una sola mente y en una sola opinión allí. No cabe gloriarse de la opinión

del hombre en la cruz. “Yo soy de Pablo, yo de Apolos, yo de Cristo”,

vienen por no apegarse a Jesús crucificado; pero si nos apegamos a la

cruz como pecadores culpables que necesitan ser limpiados por medio de

la sangre preciosa, y que encuentran toda su salvación en ese lugar, entonces

no tendremos el tiempo para erigirnos como líderes religiosos y para

causar divisiones en la iglesia de Cristo. ¿Ha existido alguna secta en la

cristiandad generada por la predicación de Cristo crucificado? No, mis

hermanos, las sectas son creadas por la predicación de algo muy por encima

de esto, pero esto es el alma y la esencia del cristianismo, y por consiguiente

el vínculo perfecto de amor que mantiene a los cristianos unidos.




IV

. No diré nada más, pero pasaré a mi última reflexión, que es ésta:




Debido a que Pablo hizo de éste, su único tema cuando estaba en Corinto,

y no hizo ningún daño a nadie con este único tema, cosa que no podemos

afirmar de ningún otro tema, LES RECOMIENDO QUE TODOS NOSOTROS

HAGAMOS DE ESTE TEMA EL CENTRO DE NUESTROS PENSAMIENTOS,

DE NUESTRA PREDICACIÓN Y DE NUESTROS ESFUERZOS.

Hombres y mujeres inconversos, a ustedes me dirijo en primer lugar.

No tengo nada más que predicar para ustedes que a Jesucristo y a él crucificado.

Pablo sabía que había grandes pecadores en Corinto, ya que era

costumbre en el mundo de entonces llamar a un hombre licencioso, un

corintio. Ellos eran un pueblo que llevaban la depravación y la lascivia a

sus máximos excesos posibles, sin embargo en medio de ellos, Pablo no

sabía de nada excepto de Cristo y él crucificado, ya que todo lo que el pecador

más grande puede necesitar se encuentra allí. No tienes nada en ti,

pecador, y no tienes necesidad de nada que llevar a Jesús. Me dices que

no sabes nada acerca de las profundas doctrinas del evangelio: no las necesitas

conocer al momento de venir a Cristo. La única cosa que debes

conocer es ésta, que Jesucristo, el Hijo de Dios, vino al mundo para salvar

a los pecadores y cualquiera que crea en Él no perecerá, sino que vivirá

eternamente. Me dará mucho gusto que recibas instrucción en la fe posteriormente,

y que conozcas las alturas y las profundidades de ese amor




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que sobrepasa todo conocimiento, pero en este momento lo único que

necesitas conocer es Jesucristo crucificado, y si nunca pasas de allí, si tu

mente es de una naturaleza tan débil que nunca puedas entender nada de

mayor profundidad que esto, yo, por lo menos, no sentiré ninguna preocupación,

ya que habrás encontrado lo que te librará del poder y del castigo

del pecado, y lo que te llevará al cielo para estar donde ese mismo Jesús

que fue crucificado se sienta en el trono a la diestra de Dios. ¡Oh,

querido corazón abrumado por la pena, si quieres encontrar alivio, podrás

hacerlo en sus heridas! Si quieres encontrar descanso tienes que encontrarlo

en las heridas de sus manos. Si quieres escuchar tu absolución tiene

que venir de los mismos labios que pronunciaron dulcemente: “Consumado

es.” Dios quiera que no sepamos nada en medio de los pecadores

excepto Cristo y él crucificado. Mírenlo a Él, y únicamente a Él y encontrarán

el descanso para sus almas.

En cuanto a ustedes, mis hermanos y hermanas, que conocen a Cristo,

tengo esto que decirles: mantengan esto a la vanguardia, y ninguna otra

cosa sino sólo esto, porque es contra esto que el enemigo se enfurece. La

parte de la línea de batalla que es atacada más fieramente por el enemigo

es ciertamente la más estratégica. Los hombres odian a aquellos a quienes

temen. El antagonismo de los enemigos del evangelio es principalmente

contra la cruz. Desde el principio fue así. Ellos gritaban: “Que descienda

ahora de la cruz para que veamos y creamos.” Escribirán para nuestro

beneficio bellas vidas de Cristo y nos dirán que fue un hombre excelente y

darán a nuestro Señor el homenaje que sus labios de Judas pueden otorgarle;

se referirán también a su sermón del monte y dirán qué profundidad

de percepción tuvo del corazón humano y nos dirán que enseñaba un

espléndido código moral, y así sucesivamente. Dirán: “Seremos cristianos

pero rechazamos totalmente el dogma de la expiación.” Nuestra respuesta

es que nos importa un bledo lo que tengan que decir acerca de nuestro

Señor si niegan su sacrificio sustitutivo. Si le dan vino o vinagre, no es un

tema relevante en tanto que rechacen lo que nos dice el Crucificado. Las

alabanzas de los incrédulos nos dan asco; ¿quién quiere escuchar a labios

contaminados cantando alabanzas a Él? Esas palabras dulzonas son muy

semejantes a aquellas que salieron de la boca del diablo cuando dijo: “Yo

sé quién eres: ¡el Santo de Dios! Jesús le reprendió diciendo: ¡Cállate y sal

de él! De la misma manera queremos decirles a los incrédulos que exaltan

la vida de Cristo: “¡Cállate! Conocemos tu enemistad, aunque la disfraces

como quieras. O Jesús es el Salvador de los hombres o no es nada; si no

aceptan a Cristo crucificado no lo pueden aceptar de ninguna otra manera.”

Mis hermanos en Jesús, los invito a gloriarnos en la sangre de Jesús,

dejen que sea manifiesta como si hubiese sido rociada en el dintel y en los

dos postes laterales de nuestras puertas y dejemos que el mundo sepa

que la redención por medio de la sangre está escrita en las más íntimas

partes de las tablas de nuestros corazones.

Hermanos, este es el punto de prueba de cada maestro. Cuando un

pescado se descompone, comienza a apestar por la cabeza, según dicen, y

ciertamente cuando un predicador se vuelve un hereje, siempre es con relación

a Cristo. Si no entiende con claridad a Jesús crucificado, y escuchas

uno de sus sermones -esa es tu mala suerte: pero si regresas para

escucharlo de nuevo, y oyes un sermón igual al primero, entonces esa será

culpa tuya: si vas por tercera vez, habrás cometido un crimen. Si algún




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hombre tiene dudas acerca de Cristo crucificado, que recuerde los versos

de Hart, ya que dicen la verdad—




“No puedes tener razón en todo lo demás,

A menos que pienses la verdad acerca de Él.”




No quiero examinar a los hombres en relación a las doctrinas de la Confesión

de Fe de Westminster. Yo comienzo aquí: “¿Qué piensas tú de Cristo?”

Si no puedes contestar esa pregunta, ve y publica tus puntos de vista

donde quieras, pero tú y yo estamos tan separados como lo están los polos,

y no deseo tener ninguna comunión contigo. Debemos de hablar muy

claramente aquí.

Es “Cristo crucificado” lo que Dios bendice para conversión. Dios bendijo

a William Huntingdon para por su medio convertir almas: estoy seguro

de eso aunque no soy un partidario de Huntingdon. Dios bendijo a John

Wesley para por su medio convertir almas: también me queda eso muy

claro, aunque no soy un partidario de Wesley. Dios bendijo a ambos en

tanto dieron testimonio de Cristo; y encontrarán que en la proporción que

la expiación de Cristo está presente en un sermón, es la sangre vital de

ese sermón, y eso es lo que Dios santifica para la conversión de los hijos

de los hombres. Por tanto, ten el tema siempre en un lugar muy prominente.

Y ahora les pregunto, mis hermanos, una cosa más ; ¿no es acaso Cristo

y él crucificado la cosa por la que debemos vivir y por la que debemos

morir? Los hombres del mundo pueden vivir para sus vanidades, pueden

sentir mucho gozo bajo respectivas calabazas, como la de Jonás, mientras

les duren; pero cuando un hombre tiene depresión de espíritu, y es torturado

en su cuerpo, ¿adónde puede mirar? Si es un cristiano, ¿adónde

puede refugiarse? ¿Adónde más sino en Cristo crucificado? Cuán a menudo

he sentido mucho gozo al arrastrarme para entrar al templo y ponerme

en los zapatos del pobre publicano y decir: “Dios, sé propicio a mí,

que soy pecador”, mirando únicamente a ese propiciatorio rociado con la

preciosa sangre de Jesús. Esto es lo que servirá a la hora de la muerte. No

creo que a la hora de nuestra muerte busquemos el consuelo de nuestras

peculiares iglesias; ni vamos a morir aferrados con los estertores de la

muerte a las puras ordenanzas o a las doctrinas. Nuestra alma debe de

vivir y morir por Jesús crucificado. Miren a todos los santos al momento

de su muerte, si no regresan al gran sacrificio del Calvario. Ellos creían en

una gran variedad de cosas; algunas de ellos se apoyaban en muchas muletas

y caprichos y rarezas, pero el punto principal prevalece a la hora de

la muerte. “Jesús murió por mí, Jesús murió por mí”—todos llegan a eso.

Bien, ¿no te parecería bueno ir desde el principio al punto al que han llegado

al final, y si ese punto es la base de todo, y ciertamente lo es, no sería

adecuado que nos apegáramos a él? Mientras algunos se glorían en esto

y otros se glorían en aquello, algunos tienen una forma de culto y otros

otra forma, digamos nosotros: “Pero lejos esté de mí el gloriarme sino en la

cruz de nuestro Señor Jesucristo, por medio de quien el mundo me ha sido

crucificado a mí y yo al mundo.”

Hermanos, les recomiendo que hagan cada vez más prominente la cruz

de Cristo, porque es lo que nos va dar más cohesión y nos mantendrá en

una bendita unidad. No todos podemos entender esas verdades sutiles

que dependen tanto de bonitas variaciones y esas sutilezas de significado

en el griego que sólo los críticos pueden descubrir. Si buscas estas belle

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zas, hermano, entonces debes de olvidarte de muchos de nosotros, pobres

tontos, que no podemos correr tras ellas y sólo nos confundirás. Sé

que tienes ese delicado concepto bellamente fijado en tu mente y lo tienes

en muy alta estima, no me sorprende, ya que te ha costado mucha reflexión

y muestra tu poder de discernimiento. Al mismo tiempo, ¿no crees

que debes de bajarte al nivel de algunos de nosotros que nunca podremos

alcanzar mientras vivamos, esos temas intrincados? Algunos de nuestros

cerebros son ordinarios. Tenemos que ganar nuestro pan y relacionarnos

con gente ordinaria; sabemos que dos por dos hacen cuatro; pero no estamos

familiarizados con los principios tan escondidos que están ocultos

en la alta filosofía a la que ustedes han subido. Yo no sé mucho de eso, yo

no me remonto a esas alturas y nunca subiré allí con ustedes ¿no sería

mejor por la unidad de la fe que dejaran estos temas de lado, practicaran

más la amistad en casa, mostraran más amor hacia sus colegas cristianos

y se aplicaran un poco más hacia los deberes de naturaleza más común?

Sólo les haría un gran bien, y haría un poco más visible su humildad, si

se quedaran allá abajo con Jesucristo y él crucificado.

Personalmente puedo saber muchas cosas-especialmente yo podría

hacerlo ya que todo mundo trata de enseñarme algo. Recibo carretadas de

consejos: uno me jala de esta oreja y el otro me jala de la otra. Bien, yo

podría saber mucho, pero me doy cuenta que tendría que dejar a algunos

de ustedes atrás si quisiera ir tras esas cosas, y los amo demasiado para

hacer eso. Tengo la determinación de no saber nada entre ustedes excepto

a Jesucristo y él crucificado. A cualquier hombre que se sujete a eso le diré:

“Dame tu mano, mi hermano, Jesús la lavó con su sangre de la misma

manera que lavó la mía. Ven, hermano, y miremos juntos a la misma

cruz. ¿Qué piensas de ella? Hay una lágrima en tu ojo, y hay una lágrima

en el mío, pero nuestros rostros se sonrojan de gozo a causa del profundo

amor que clavó a Jesús allí. “¿Qué haremos con esta cruz frente a nosotros?”

Mi hermano dice: “Yo me iré a ganar almas”, y yo digo: “Yo también.”

Mi hermano dice: “Yo tengo una forma de hablar”, y yo le respondo:

“Yo tengo otra manera, pues nuestros dones son diferentes, pero nunca

chocaremos, ya que servimos a un solo Señor y a un solo Dios, y no seremos

divididos, ni en este mundo presente ni en el venidero.” Dejen que

Apolos diga lo que quiera, o Pablo o Pedro, aprenderemos de todos ellos, y

nos dará mucho gusto hacerlo, pero de todos modos, de la cruz no nos

moveremos, sino que estaremos muy firmes allí, ya que Jesús es el primero

y el último, el Alfa y la Omega. Amén.




http://www.spurgeon.com.mx/sermones.html

Oren diariamente por los hermanos Allan Roman y Thomas Montgomery,

en la Ciudad de México. Oren porque el Espíritu Santo de nuestro Señor

los fortifique y anime en su esfuerzo por traducir los sermones

del Hermano Spurgeon al español y ponerlos en Internet.

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