viernes, 9 de diciembre de 2011

La Urgente Necesidad Del Espiritu Santo

(Romanos 15:13) Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo. (Romanos 15:18) Porque no osaría hablar sino de lo que Cristo ha hecho por medio de mí para la obediencia de los gentiles, con la palabra y con las obras, (Romanos 15:19)  con potencia de señales y prodigios, en el poder del Espíritu de Dios; de manera que desde Jerusalén, y por los alrededores hasta Ilírico, todo lo he llenado del evangelio de Cristo.

En esta publicación me propongo escribir acerca de la gran necesidad de la manifestación continua del poder del Espíritu Santo en la  iglesia de Dios, ya que por medio de ella las almas serán alcanzadas para nuestro Señor Jesucristo. El Espíritu de Dios es necesario para el crecimiento interno de la gracia en la iglesia de Dios.  Por eso el texto en (Romanos 15:13): "Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo."  En este versículo el apóstol atribuye al Espíritu Santo el poder de ser llenado de gozo y paz en el creer, y el poder de abundar en esperanza.  También quiero mostrarle que el poder de la iglesia en el exterior, para trabajar en la obra de Dios y reunir a los escogidos de Dios en el mundo es impulsado por el mismo Espíritu Santo.  Por eso elegí el versículo diecinueve, el apóstol dice lo que Dios había hecho per medio de él.  (Romanos 15:19);  "con potencia de señales y prodigios, en el poder del Espíritu de Dios; de manera que desde Jerusalén, y por los alrededores hasta Ilírico, todo lo he llenado del evangelio de Cristo." 

Observen, amado lectores, para mantener una iglesia saludable y santa, tiene que haber una manifestación de el poder del Espíritu Santo, y en segundo lugar, que para que la iglesia pueda invadir los territorios del enemigo y conquistar al mundo para Cristo, esta tiene que estar revestida del mismo poder del Espíritu Santo.  Podemos decir que el poder de la iglesia para la obra externa es proporcional al poder que mora dentro de ella.  Si la iglesia es iluminada por el Espíritu Santo, entonces podrá alumbrar al mundo con esa misma luz que habita dentro de ella.

Quiero mostrarle por medio de dos ilustraciones, que la fuerza y el vigor para el trabajo exterior, siempre dependen del poder y el impulso interior.  En un frio día de invierno en un pequeño vecindario había nevado mucho. Caminando por la calle miramos dos casas que están una al lado de la otra. Nos detenemos y vemos que en el techo de una hay una gran cantidad de nieve, mientras que en la otra la nieve ya estaba casi en su totalidad derretida.  No tendríamos que pensar mucho para darnos cuenta el porqué la diferencia en una y la otra.  Sabemos que una de esas casas está habitada, por lo tanto el calor de la calefacción en el interior alcanza hasta el techo, ayudando al rápido derretimiento de la nieve hacia el exterior.  En cambio, la otra casa está desocupada y disponible para alquiler.  Ahí no hay calefacción alguna.  No hay calor dentro de esta casa para asistir en la licuación de la nieve hacia el exterior. En la misma medida en que hay calor adentro habrá derretimiento afuera.

Hoy día, hay muchas iglesias “cristianas” donde la frivolidad y el formalismo la recubren en una enorme capa, podemos ver que están carentes del calor de la vida cristiana en su interior; pero donde el corazón de los creyentes arden con el calor divino impulsado por el Espíritu Santo, podemos ver como ese mismo poder obra en las personas que ellos pueden alcanzar.  En estos casos no es necesario mirar al interior; el exterior es un índice que basta para ver la salud y la fuerza interior.

Tenemos otro ejemplo sacado de la política internacional. Hay dos naciones que se encuentran en un gran desacuerdo.  La diplomacia no parece poder llegar a un acuerdo que satisfaga a las partes en diputa.  Al parecer el conflicto armado será la única forma en que el asunto puede ser resuelto.  Ahora los países comienzan a evaluar el costo de una guerra para la nación.  Si un país no está económicamente preparado para lanzarse a una guerra, esto podría ponerlo en bancarrota.  En este caso, el país que no cuenta con los recursos necesarios para ir a la guerra, entonces tendrá que ceder a la exigencia de la nación más fuerte en recursos.  Un país tiene que ser fuerte en recursos internos antes de que pueda arriesgarse sensatamente en una guerra extranjera.

Lo mismo sucede en la guerra espiritual: una pobre iglesia muerta de hambre no puede combatir contra el diablo y sus huestes.  A menos que la iglesia sea rica en las cosas divinas, y potente en la fuerza del Espíritu, esta tendrá que dejar de ser agresiva y se contentara con seguir con la tradición de una obra cristiana, clamando: “¡paz! ¡paz!”, donde no debiera haber paz.  No se atreverá a desafiar al mundo, cuando su propia condición es míseramente débil. La fuerza o la debilidad del tesoro de una nación afectan su ejército en cada marcha, de igual manera, la iglesia de Dios es afectada en cada acción por su medida de gracia.

No se puede extraer de la iglesia lo que no está contenido en ella. Nosotros mismo debemos beber del agua viva hasta ser lleno y luego de nuestro interior correrán ríos de agua viva; pero no hasta entonces. No se puede distribuir panes y peces de una cesta vacía.  Lo primero que tenemos que hacer es revisar bien los asuntos de casa y pedirle a Dios que nos bendiga y haga resplandecer su rostro sobre nosotros, para que sean conocidos en la tierra su camino y en todas las naciones su salvación.

Síganme mientras expongo ante ustedes algunas obras del Espíritu Santo que son necesarias para el propio bien de la iglesia, e igualmente necesaria para su alcance a las almas en el mundo exterior a través de las misiones.

       I            El poder del Espíritu Santo se manifiesta en la resurrección de las almas a la vida espiritual. Toda vida espiritual que existe en este mundo es la creación del Espíritu Santo, por medio de la cual El Señor Jesús revive a quien El quiera.  Ni usted ni yo teníamos suficiente vida para conocer nuestra muerte espiritual, hasta que el nos visito;  no teníamos suficiente luz para ver nuestra ceguera, hasta que el Espíritu de Dios nos ilumino, ni el suficiente sentido para sentir nuestra miseria: estábamos completamente abandonados a nuestras necedades.  Estábamos condenados a muerte como criminales; sin embargo hablábamos de recompensas y meritos.  Estábamos muerto y nos jactábamos de estar vivos considerando que nuestra propia muerte era nuestra vida.  El Espíritu de Dios vino a nosotros con su misterioso poder y nos dio vida.  La primera señal de la vida fue que nos dimos cuenta que estábamos en los dominio de la tiniebla y deseamos salir de ahí.  Comenzamos a percibir nuestra insensibilidad, y comenzamos a ver nuestra ceguera. 

Cualquier crecimiento espiritual es la obra del Espíritu Santo.  Nunca podremos tener más vida, excepto según el Espíritu Santo nos la otorgue.  El Espíritu Santo es necesario para hacer que viva todo lo que hacemos.  Nosotros somos sembradores; pero si tomamos semillas muertas en nuestro canasto de semillas, nunca habrá una cosecha.  El predicador tiene que predicar la verdad viva, de una forma viva si espera tener una cosecha de ciento por uno.  Podemos predicar como maquinas, y hasta orar y adorar automáticamente; podemos ensenar en la escuela dominical y hasta dar o aun acercarnos a la mesa de la comunión como maquinas. Todo eso podemos hacer si el Espíritu de Dios no estuviera con nosotros.  Si el Espíritu Santo está ausente, todo lo que hace la iglesia estaría sin vida.  Sería como la congregación de los muertos dando vuelta en sus tumbas.  

Como el Espíritu de Dios es un vivificador, tiene que estar con nosotros para revivir a aquellos con quien tenemos que tratar por Jesús.  Imagínese un predicador muerto predicando un sermón muerto a pecadores muertos.  Sin la unción celestial, ningún poder descansa en el predicador.  Únicamente cuando el poder del Espíritu Santo desciende en el siervo de Dios y haga que la palabra que habla caiga como cimiente en el corazón del oyente; así obrara para vivificar a los muertos espirituales. La elocuencia del predicador, o la gran elaboración del mensaje, si no están respaldado por el Espíritu de Dios, no podría ir mas allá que al intelecto del oyente.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                         

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